Compra de entradas

Sílvia Munt: “Me preocupan las mismas cosas que a Arthur Miller”

Sílvia Munt: “Me preocupan las mismas cosas que a Arthur Miller”
9 diciembre, 2018 pablo

EL PAVÓN TEATRO KAMIKAZE: ¿Cómo surge la idea de montar El precio?
SÍLVIA MUNT: La leí durante un largo viaje en avión y recuerdo muy bien el momento en que me atrapó la obra porque me pareció de una vigencia descomunal, que encerraba un conocimiento de la naturaleza humana propio de un superdotado como es Arthur Miller. Me enamoré del texto, se lo propuse a Bitò Producciones y en 2016 empecé, con más o menos buenas artes, a seducir a gente para montarla.

EPTK: Hasta ese momento, ¿cuál era tu contacto con el universo Miller?
SM: El de cualquier persona de teatro que ha visto unos cuantos montajes suyos. A mí Arthur Miller siempre me ha parecido un compañero al que le han perturbado y preocupado las mismas cosas que a mí, un gran conocedor del alma humana cuyas obras nos tocan a todos. Pero El precio, quizá porque es la última obra de gran éxito que escribió, no es tanto una denuncia social como una autopsia del ser humano, un espejo que te enfrenta a tus propias decisiones y problemas. Te gira de una manera muy potente y te hace entender muchas cosas sobre ti. No me suele gustar nada que los autores te revelen verdades absolutas o sentencias, Miller saber que los grises son la gama predominante y que la culpa hay que buscarla tanto dentro como fuera. Habla de la familia, de los miedos, del paso del tiempo, de cómo nos enfrentamos a la dignidad de cada uno… Por eso me ha parecido siempre un gran aliado. Por eso y porque secretamente siempre he estado enamorada de él. Yo he tenido siempre dos grandes mitos que me han gustado mucho como pensadores, como escritores y como hombres: uno es Albert Camus y otro es Arthur Miller.

«’El precio’ no es tanto una denuncia social como una autopsia del ser humano»

EPTK: De Miller siempre se destaca su vertiente social, su crítica al capitalismo y al sueño americano, pero aquí prima el drama familiar que se esconde tras la historia de dos hermanos.
SM: Sobre todo, prima conocerse a uno mismo. Esa es la primera y última batalla a la que nos enfrentamos. En el bagaje cultural norteamericano siempre nos encontramos con aspectos como la culpabilidad, la infancia, los padres… Son ideas que los europeos siempre hemos visto con cierta condescendencia porque parece que todo lo explican con el trauma de los padres y con cómo han sido educados. Y es cierto, pero no es lo único, porque no puedes culpar a los padres y a los hermanos de algo de lo que también somos responsables nosotros. Miller te hace una disección de la familia, te dice hasta qué punto queremos creer que nuestra familia es mejor de lo que es para poder sobrevivir. Pero con el tiempo, ese concepto de familia idílica no lo es tanto. Como tampoco lo somos nosotros. Después de la devastación de una crisis, de una ruina económica, nos quedamos desvanecidos y en la cuneta como sociedad. ¿Cómo actuamos ante eso? Muchos se han apoderado y salido adelante, pero muchos otros no. Este es el punto de partida de El precio.

EPTK: ¿Por qué es tan difícil plasmar las relaciones fraternales?
SM: Son difíciles todas las relaciones. No hay ninguna que no sea potenciadora y destructiva a la vez. Las de pareja, las amistades, la familia, los vecinos, los compañeros de trabajo… Somos conflictivos por naturaleza. Y está bien, porque eso significa que estamos vivos y que esperamos cosas de los demás. Si no hay conflicto, es que estás muerto. Como dice el personaje de Solomon (Eduardo Blanco), “lo importante no es desconfiar de todo, sino seguir confiando en algo”. Y para eso tienes que confiar en el que tienes al lado, ya sea hermano, padre, madre, amigo, vecino o compañero de trabajo. Y eso es frustrante porque la gente no es perfecta y necesitamos aferrarnos a algo. Me aterroriza ver cómo ahora nos basamos en relaciones totalmente prefabricadas e inexistentes como las de las redes sociales, que ofrecen una sensación de compañía errónea y falsa cuando detrás hay un vacío absoluto. Normalmente se basan en un “me gusta” o un peloteo anónimo bajo un criterio totalmente inventado. Y ese es el auténtico abismo, gustar cuando no nos gustamos.

EPTK: ¿Por eso has preferido no tener presencia en las redes sociales?
SM: Me fui. He sido una persona popular desde que tengo 24 años por haber hecho una serie muy conocida [La plaza del diamante], en el único canal que existía, y a la cual le debo muchísimo, pero lo que menos me apetece desde entonces es publicar mi vida. Por eso cuando apareció Facebook me parecía el contrasentido de lo que había perseguido siempre. Nunca me ha gustado que me enseñen las fotos de los viajes de nadie. Me gusta mucho disfrutar de mis amigos, soy adicta a ellos, pero eso no. Me hice Twitter cuando dirigí el documental La granja del paso, pero vi que aquello era de una esclavitud tremenda y yo tenía mucho trabajo. Así que fue una cosa o la otra. Lo conservo, pero no lo uso por incapacidad. A ver, si vas a publicar algo que has hecho, me parece un poco pedante. Y si vas a usarlo para contar algo que has hecho mal, tampoco te sale a cuenta… Como herramienta para enterarte de cosas rápidamente me parece interesante, pero prefiero dedicar mi tiempo a otras cosas. También te digo que no sé qué me pasaría si no tuviera la edad que tengo y tuviera que hacerme valer para que me conocieran. Pero pedirle a una actriz que empieza que tenga tantos followers… Nos estamos yendo a lo contrario de lo que deberíamos perseguir.

EPTK: Volviendo a El precio, el personaje de Victor (Tristán Ulloa) se nos presenta como el arquetipo de héroe americano, del deber por el deber.
SM: Aparentemente. Pero Miller nos deja entrever también su cobardía. Pudo haber emprendido una carrera como hizo su hermano y no lo hizo porque tenía miedo al fracaso. Representa el arquetipo de hombre bueno, pero que no perdona. Y yo estoy cansada de ver hombres y mujeres buenos que no perdonan nada. Así que no sé hasta qué punto se es tan bueno cuando no tienes la capacidad de perdonar o empatizar. Todos podemos decantarnos a su favor, pero cuando rascas un poco te das cuenta de que su sacrificio no solo respondía al deber sino a su incapacidad para hacer otras cosas. Por ejemplo, cuando era bailarina con 19 años me propusieron entrar en el Ballet de Düsseldorf y dije que no porque tenía que terminar mis estudios en Barcelona. En realidad fue porque no me atreví y porque no me veía como bailarina clásica. Fue una decisión conservadora y no le echo la culpa a nadie.

«He tenido dos grandes mitos que me han gustado mucho como pensadores, escritores y hombres: Albert Camus y Arthur Miller»

EPTK: Por el contrario, Walter (Gonzalo de Castro) representa al triunfador que también incurre en contradicciones.
SM: Es el cirujano de éxito que ha conseguido todo lo que se ha propuesto y que, por supuesto, no tiene tiempo para sus relaciones personales. Yo te podría presentar a unos cuantos así… Y no solo médicos, también actores y de cualquier otra profesión. Después de una crisis, Walter detecta la soledad y lo mucho que quiere a su hermano. Y esto es algo que me ocurrió hace tres años cuando mi propio hermano estuvo muy enfermo. Con él te has criado y te has alimentado emocionalmente de las mismas cosas, te conoce mejor que nadie y en ese vínculo hay algo muy fuerte. Por eso Walter viene a pedir perdón y a ayudar, pero no siempre es fácil. En la familia a cada uno le otorgan un papel que no es fácil cambiar. Y luego está la competitividad, que es tremenda. Los que somos padres tenemos que vigilarlo mucho y yo lo he intentado, porque los hermanos compiten, por el amor, por todo… Va en el paquete.

EPTK: El personaje de Esther (Elisabet Gelabert) es el menos dibujado, pero nos deja claro que es una mujer frustrada sin margen de acción.
SM: Miller forma parte de su época y dibuja, con menos dedicación, a la típica mujer que se debe a las tareas de su hogar. En cambio, yo le dediqué mucha atención y está casi siempre presente en escena para ser la catalizadora de todo. Miller nos da cuatro pinceladas muy buenas para hacerla crecer: que tiene intuición, que ve lo que otros no ven, que es cambiante y que está insatisfecha con su vida (se nos explica que escribía poesía, pero lo dejó). Y, sobre todo, intenta que su marido tome partido. Es el personaje más intuitivo y artístico, el que bascula entre un hermano y el otro y que sirve como espejo del espectador.

EPTK: El personaje de Solomon (Eduardo Blanco) es quien les devuelve a la realidad, les recuerda que tienen que deshacer la casa.
SM: Es un judío superviviente que Miller coloca casi en clave de comedia para recordarnos que la vida es esto, creer o no creer en algo. Solomon ha sobrevivido a todo, a crisis, a pánicos, a suicidios, a matrimonios fallidos… Y sigue viviendo y riéndose, porque no hay otra manera. Trabajamos mucho con Eduardo para llegar a ese segundo acto tan festivo, para tener ese alivio cómico, esa especie de Sancho Panza con los pies en el suelo y que es feliz con tan poco.

EPTK: ¿Un clásico del teatro norteamericano impone también una escenografía tradicional?
SM: Lo primero que pensé fue adaptarlo a nuestra crisis. ¿Pero para qué? Eso era tratar al público de una forma infantil. Lo bonito para mí era respetar la ambientación del 68 y comprobar que estamos exactamente igual y que no hacemos nada para cambiarlo. Porque han pasado 50 años y no ha cambiado nada. Recorté media hora del texto original que me parecía que incurría en repeticiones y eliminé muchos trastos del ático que ahogaban la puesta en escena. Con Enric Planas, el escenógrafo, profundizamos en la idea del mueble como recuerdo y llegamos a esta gran escultura de sillas que ensombrecen la tarde en la que sucede toda la obra como un quinto personaje. A eso sumamos la música de Ben Webster, que es mi saxofonista preferido, las fotos de Saul Leiter y Daniel Lacasa, que nos sitúan en una época muy nostálgica e inocente, y el vestuario tan estético de Antonio Belart.

EPTK: Tu carrera ha viajado de la danza a la interpretación y a la dirección. ¿Ha sido un proceso natural?
SM: Era imprescindible y necesario. He vivido mi profesión de actriz con alegría porque me tocó una época del cine muy pletórica. He hecho 75 películas y no sé cuántas obras de teatro. Tuve una compañía con 28 años y me arruiné, me quedé debiendo 30 millones de pesetas de la noche a la mañana y con una hija… Lo de ser Kamikaze yo también lo llevo dentro. Y me di cuenta de que yo no servía como gestora económica. Fue a partir del 98, que acababa de hacer Secretos del corazón, cuando me di cuenta de que no era del todo feliz, de que había cubierto una etapa. Yo siempre he escrito y me di cuenta entonces de la necesidad de hacer lo que quería hacer. Así que me lancé con mis primeros cortometrajes y llegaron los reconocimientos y los Goya. Cuando sacaba adelante mis proyectos me sentía libre, así que por eso empecé a decir que no a los trabajos de actriz. De forma inconsciente me orienté a escribir y dirigir documentales, series, tv movies y teatro.

«Convencer como directora me ha costado más por haber sido actriz que por ser mujer».

EPTK: ¿Fue fácil esa transición?
SM: Tuve que superar muchas etiquetas. Convencer como directora me ha costado más por haber sido actriz que por ser mujer. Antes en los comités de selección de los guiones prácticamente no había mujeres, así que el universo femenino ni les interesaba, ni les importaba, ni lo entendían. Te encontrabas con una muralla de escepticismo y un paternalismo brutal que te rompían por dentro. Y te imaginabas lo que tuvieron que aguantar y sufrir las escritoras que ha habido en este mundo y a las que tildaban de románticas y ñoñas. Pero conseguí levantar mis cortos y gustaron hasta que me ofrecieron series y tv movies, de las que he sido siempre una gran defensora. Nunca me ha dado miedo trabajar en equipos con 50 tíos, con los que no he tenido nunca ningún problema.

EPTK: En el teatro aún quedan barreras para las mujeres directoras.
SM: El año pasado éramos solo el 12% de directoras de cine y de teatro. Que ya es mucho con respecto a otros años. Lo mío es muy vocacional y soy muy tozuda. Y he tenido amigos directores como Fernando Trueba que me empujaron a dirigir hace 18 años. Pero desde hace tres años empiezo a ver que las cosas están cambiando, no solo por los movimientos sociales, que también, sino porque veo que en las escuelas más de la mitad de los alumnos son mujeres, tanto de la ESCAC como del Institut del Teatre de Barcelona. Es irremediable.

EPTK: Pero eso no se traduce en el ámbito profesional.
SM: Porque no es inmediato. Pero ya verás cómo dentro de cinco o seis años, el tapón acabará saltando y se regularizará. Y no por cuotas, que han tenido que ser necesarias para llegar a esta regularización, sino porque estamos preparadísimas. Pero no podemos despistarnos ni cinco minutos porque el poder siempre querrá volver a su formato original. Cuando los hombres estén tan convencidos como nosotras de esto es cuando habremos ganado la batalla.

EPTK: Esta temporada visitas El Pavón Teatro Kamikaze dos veces, la segunda con Las chicas de Mossbank Road.
SM: Es otro mundo totalmente diferente. Es la historia de tres amigas desde que tienen 18 años hasta que entran en la década de los 40. Para mí el teatro es actor y texto y cuando te encuentras un material como este donde las actrices hacen magia, quieres que eso se vea lo más desnudo posible. Así que son tres tías con tres sillas recreando sus 18 años con la pasión de antaño y volando a través de sus vidas de la comedia más arrebatada al drama.

Sílvia Munt
Directora de El precio

Fotos: Javier Naval

 

El precio se representa hasta el 6 de enero de 2019 en El Pavón Teatro Kamikaze.