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Presencias o cómo nacieron ‘Los fantasmas de El Pavón’

Presencias o cómo nacieron ‘Los fantasmas de El Pavón’
17 abril, 2017 Luisa

Miren la foto que acompaña este escrito. ¿Adivinan algo? Tómense unos segundos. Nada, ¿verdad? Si acaso una mancha de luz a la izquierda, poco más. Les voy a describir lo que en la imagen “se ve”. En el centro, abajo, y si forzamos un poco la vista, está el marco que conforma la escenografía de Idiota, texto de Jordi Casanovas que, a comienzos de esta temporada, dirigió Israel Elejalde y que sirvió como inmejorable apertura de El Pavón Teatro Kamikaze –actualmente se encuentra de gira–. La fotografía está tomada desde el anfiteatro de la sala principal, arriba, y el autor de la misma es el que estas líneas suscribe. Sí, claro, la sala principal del Teatro Pavón estaba completamente a oscuras.

Por aquellas mismas fechas, y compartiendo espacio con la legendaria La función por hacer, se programó en el Ambigú del mismo teatro mi obra Perra vida. Esto me llevó a pasar mucho tiempo en un lugar que, desde que los Kamikaze lo comandan, siento como mi casa. Uno de los días de función de Perra vida, que empezaba justo media hora después de que acabara Idiota, entré en el anfiteatro de la sala principal y me senté en una de las butacas. Siempre me ha fascinado la atmósfera que se respira en un teatro cuando el público aún no ha llegado o acaba de marcharse. Diría que se palpa la unión que allí se produce; tiene algo de ritual, nada extraño teniendo en cuenta que el teatro lo es casi por definición. En esos pensamientos andaba cuando, de repente, las luces se apagaron. No le había dicho al equipo técnico que yo estaba allí y, después de la obra, nadie tiene por qué colarse en el anfiteatro a “respirar la atmósfera” como plan. Así que, muy lógicamente, las luces se fueron. Al principio me inquieté. Saqué mi móvil y alumbré. Les aseguro que ver el Pavón a oscuras es toda una experiencia. Daba escalofríos pero era maravilloso observar cómo las sombras se proyectaban sobre el escenario según movía la fuente de luz. Estuve allí unos buenos veinte minutos completamente a oscuras. Y los emplee en imaginar.

Teatro-Kamikaze-©-Vanessa-Rabade_19

No mucho antes de aquel día, Aitor Tejada gestó una propuesta que consistía en hacer ficciones sonoras alrededor del Teatro Pavón. Historias en audio que se irían colgando periódicamente aquí, en la página web de El Pavón Teatro Kamilkaze. Para ello invitarían a autoras y autores a que crearan y dirigieran sus creaciones con premisa “pavonesca” y todas ellas con la infraestructura que otorgaría el trabajo de Sandra Vicente de Studio 340, diseñadora del sonido de prácticamente todas las funciones de Miguel del Arco –por poner tan solo un ejemplo– y con la que he tenido el placer de trabajar en varias ocasiones siendo la más reciente mi función Papel, en la que dio vida sonora a los nada fáciles espacios virtuales en los que transcurre la obra o a espeluznantes momentos como cuerpos humanos cayendo al vacío.

En definitiva, de la iniciativa de Aitor, de la adición de Sandra, nacería Teatro Al Oído. Cuando me lo propusieron no pude tardar menos en dar un sí rotundo. Me gustan mucho, cada vez más, las ficciones sonoras. Ya había podido participar en varias como autor y director, y el formato me resulta muy sugerente; es teatro y no, tienes que visualizar el espacio pero con los oídos, afinar la información que das en la acción para que, mediante la escucha, la historia sea inteligible. Por cierto, que a raíz de estas experiencias doy una nota recurrente a los actores con los que trabajo en el escenario cuando dirijo: “Mira con los oídos”. Créanme, ¡funciona!

Ángel Ruiz, Jose Padilla y José Luis Patiño.

Ángel Ruiz, Jose Padilla y José Luis Patiño.

Volvamos pues a un dramaturgo imaginando a oscuras en el Pavón, porque, como no podía ser de otra manera, cuando les di mi entusiasta sí a los Kamikaze para participar en Teatro Al Oído no tenía ni la más remota idea de lo que podría contar yo ahí dentro y con ese formato. Hasta que la confusa  fotografía que tenemos a mano me dio la respuesta. A ver, estando allí a oscuras, con la sensación de no tener todos mis sentidos disponibles por lo obvio, no era solo la función de Idiota que acababa de tener lugar la que me precedía, ni las obras de la Compañía Nacional de Teatro Clásico que yo hubiera podido ver en ese espacio a lo largo de unos diez años… El Pavón es un teatro que existe desde la década de los años veinte del pasado siglo… ¿Se imaginan la cantidad de historias que han pasado alrededor de ese escenario? ¿El incontable trasiego de personas que han respirado juntas TEATRO? Un repeluzno holgado me recorrió la espalda, y no se me fue hasta pasado un buen rato. Ya está. Tenía que hablar de las gentes que, antes que el equipo Kamikaze, habían habitado el Pavón.

En aquel momento, aunque sospechaba que eran cuantiosas y de importancia, ignoraba los nombres que aquel escenario había acogido. Pero, ahora que los conozco algo más, creo que fue un acierto entregarme a esta tarea. Por supuesto, hacer un inventario  de todos ellos es imposible, pero sí que quería compartir con los oyentes de Teatro Al Oído la solera del Pavón que, diantres, es mucha. Allí me vino a las mientes la necesidad de establecer un diálogo entre el pasado y el presente, colaborar a que lo pretérito no se perdiese y a que lo actual se valorara, un encuentro entre los que estuvieron ayer y entre los que están hoy. ¿Y qué tal si lo remoto le viniera a hacer la puñeta a lo actual? Esta estructura dramática es cuna de casi todas las historias de fantasmas y, sí, podría servirme de ella. Los que estuvieron vendrían a hacer inoportunas visitas a los que están. Celia Gámez, Miguel de Molina y compañía se encuentran con el equipo Kamikaze. Aquí está el germen de Los fantasmas de El Pavón.

Recurro a lo siniestro con asiduidad en mis piezas, lo que Freud denominaba ‘Unheimlich’, justo lo opuesto a lo hogareño, lo conocido. Lo hago a conciencia porque enfrentando a los personajes a fuerzas que no pueden controlar mediante métodos cercanos, todas la apuestas suben de inmediato. Prueben, ya verán. Nada me invento, no en un mundo en el que ya existen los trágicos griegos, Shakespeare, Calderón o Zorrilla, por nombrar a unos cuantos. Lo siniestro es un mapa dramático fantástico para desarrollar una historia y ¿por qué no incomodar un poco -aun en la ficción- a mis amigos Kamikaze con esto?

Teatro-Kamikaze-©-Vanessa-Rabade_65

A propósito, recordé un antiguo caso presuntamente sobrenatural, el del duende de Zaragoza. Resumo: en el año 34, en un edificio del centro zaragozano, una de las viviendas comienza a manifestar fenómenos extraños en forma de una voz intrusa que, pérfidamente, interactuaba con sus habitantes creando un gran revuelo en una ciudad que, aún hoy, recuerda el caso. Aquí estaba: unas voces no invitadas, un teatro, un equipo al que “hacer la puñeta”, et voilá: una historia de fantasmas.

Le propuse a Israel Elejalde convertirse en prota de la aventura a la que estos espectros le desafiarían, para mi alegría me dijo que sí de inmediato. Ojo: se interpretaría a sí mismo y no en una fabulación amable de él, precisamente. Hay que ser generoso y buen actor para hacer algo así. Isra cumple ambas condiciones con creces. Tras él, y por pedir que no quedase, fui proponiéndoselo a un elenco que ni en mis mejores sueños. Aún me pellizco, todos dijeron sí: Ana Wagener como la médium Paloma Gandolfo, Elisabet Altube interpretando a un trasunto ficcionado de una de las alma mater de Teatro Al Oído, la antes mencionada Sandra Vicente, Ángela Cremonte como Celia Gámez, Cristóbal Suárez como Alfonso XIII, José Luis Patiño como el empresario teatral Prieto, Ángel Ruiz, o lo más cerca que se puede estar estos días de ver a Miguel de Molina en carne y hueso…  Esto en cuanto a los dos primeros episodios concierne. En la tercera y última entrega nos van a acompañar más voces que aún no quiero desvelar, pero creo que les van a gustar. Y mucho. Todos ellos, y ustedes que los escuchan, conforman hoy Los fantasmas de El Pavón.

Los fantasmas de El Pavón es una colisión entre dos tiempos y un mismo espacio: el del Teatro Pavón de Madrid. En el escenario todo es posible, en las ficciones sonoras también. A veces se nos olvida, pero el pasado de nuestras tablas es refulgente y, por supuesto, el de la sala que nos ocupa no lo es menos. El teatro, como manifestación cultural, ha establecido históricamente un diálogo fluido entre el pasado y el presente, un debate del que, como espectadores, salimos enriquecidos. En él comprendemos que nuestro hoy se nutre del ayer, a veces para bien, a veces para mal, siempre de manera inevitable. El teatro no olvida y, a la vez, se regenera constantemente; nos acompaña, nos inquiere, nos demanda. En nuestra mano está lo que hagamos con él. Y, si no somos cuidadosos en la labor, puede que retorne en forma espectral a reclamarnos su brillante…

Jose Padilla

Dramaturgo y director de Los fantasmas de El Pavón

La IV edición del Kamikafé, dedicada a Teatro Al Oído, se celebrará el 21 de abril en El Pavón Teatro Kamikaze