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En pie de Orgullo con La Joven Compañía

En pie de Orgullo con La Joven Compañía
15 junio, 2017 Luisa

La edad de la ira siempre fue un título engañoso. Una suerte de trampantojo verbal para confundir a quienes se acercaban a una historia donde esperaban oír relatos de adolescentes violentos en medio de una sociedad cada vez más deshumanizada. Sin embargo, esta novela la escribí para hablar de lo contrario, de una generación de jóvenes a quienes se mira desde la condescendencia y la ignorancia, una adolescencia que llenamos de etiquetas y prejuicios en vez de sentarnos a escuchar y darles voz.

La novela en que se basa esta función llegó a ser finalista al Premio Nadal en 2010 y está tejida a partir de historias y testimonios reales. Vidas que transformé en ficción hasta construir un thriller donde, bajo cada una de las voces de sus narradores, late mucha verdad. Antes de que La Joven Compañía llegase a mi vida jamás había pensado en convertir este relato polifónico en una obra teatral y, mucho menos, en escribir la otra cara de una historia donde desaparecían los personajes adultos de la novela y el escenario se llenaba sólo de los protagonistas adolescentes.

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Hasta La edad de la ira siempre había diferenciado en mí al novelista del dramaturgo, incluso al autor de literatura juvenil y al autor de literatura adulta, pero tras la llegada a mi vida de La Joven Compañía, todas esas facetas se han confundido hasta convertirse en una sola. Una amalgama que me ha enseñado, ensayo a ensayo y función a función, que lo único esencial es querer contar y sentir la necesidad de hacerlo. Quizá porque allí he encontrado un equipo humano magnífico que ha sabido contar no sólo los hechos de la historia sino, sobre todo, traducir –en términos puramente teatrales- su corazón.

Mi necesidad de contar, en el caso de La edad de la ira, ha crecido desde que la novela se publicó por primera vez –luego vendrían unas cuantas más­– allá por 2011. Y ha crecido gracias a los correos y mensajes de lectores que han sentido el valor de gritar su verdad y de compartir conmigo su historia tras acercarse al mundo de Marcos. Textos que me duelen porque querría que esas situaciones no existieran, pero que me dan fuerzas para seguir escribiendo. Y ese mismo efecto de transgresión y de libertad lo hemos vivido en las funciones de la primera temporada, donde había adolescentes que, en el coloquio, se levantaban ante más de 300 estudiantes de secundaria para contar que ellos también eran homosexuales, que ellas también eran lesbianas, que llevaban meses o años sintiendo miedo y rechazo y que ya no querían vivirlo más. Jóvenes que, tras su declaración, se llevaban el aplauso de esos otros 300 adolescentes, una ovación que –supongo– ha hecho por ellos más de lo que harían por cualquiera de nosotros muchos años de terapia.

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Porque la cultura es catarsis. La cultura nos salva. La cultura nos cura. Por eso le dije que sí a José Luis Arellano, porque sabía que iba a hacer magia –como hace siempre- con esta historia, porque necesitaba que el grito de libertad de Marcos (Álex Villazán) llegase con toda la fuerza del teatro a todos aquellos que sufren porque se sienten diferentes, a todos a los que el adjetivo normal ha querido arruinarnos la vida. Pero hemos sido más fuertes, y más obstinados, lo suficiente como para demostrar que, como afirma Sandra en un momento de la función, “en la palabra normal no cabe nadie”.

No somos normales. No queremos normalizar nada. No necesitamos que nos normalicen. Queremos vivir. Amar. Ser libres para buscarnos e inventarnos todas las vidas que necesitemos vivir. “Yo no voy a robarme mi propio tiempo”, se promete Marcos. No vamos a dejar que nos hagan sentir ni un ápice de temor por ser quienes somos. De eso habla La edad de la ira, de cómo nos duele buscarnos, de lo frágil que es la adolescencia, de las trampas que nos pone a veces la familia, del refugio necesario en los amigos y de cómo esa vulnerabilidad jamás nos abandona, por muchos escudos que el tiempo intente traer consigo.

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En mi vida, hubo un Marcos. Es más, hay decenas de Marcos. Como la chica lesbiana de 3º de la ESO de la que, ayer mismo, me hablaba una profesora que me pedía un ejemplar dedicado de la novela para intentar animarla tras saber que había sufrido el rechazo de sus padres y el acoso de sus compañeros de clase. Hay demasiadas y demasiados Marcos, aunque prefiramos seguir inmersos en la autocomplacencia, celebrando lo conseguido y creyendo que la LGTBIfobia es un mal del pasado cuando sigue siendo una lacra contra la que todavía es más que necesario combatir.

Fernando J Lopez (Javier Naval)

Fernando J. López ©Javier Naval.

Por eso celebrar el Orgullo LGTBI y el World Pride Madrid 2017 con esta función me emociona hoy especialmente. Porque mi adolescente, ese al que jamás le pidieron leer en clase una historia como esta, ese que, en la mitificada y exagerada EGB, tenía miedo de decir en voz alta que le gustaban los tíos, ese adolescente que fui se alegra profundamente de que un teatro como El Pavón Teatro Kamikaze, un equipo como el de La Joven Compañía y la Comunidad de Madrid se alcen juntos para dar voz a quienes no la tienen. A todos esos jóvenes de quince, dieciséis, diecisiete años que están deseando cambiar las reglas de este viciado juego y a quienes la cultura –esa que se escribe a sí misma con mayúsculas aunque a menudo no las merezca– lleva demasiado tiempo relegando a un segundo plano.

Hay mucho dolor en cada página de esa novela. En cada escena de esta obra. Pero debajo de las cicatrices, en La edad de la ira también late una intensa luz y una esperanza firme en el mañana. Un mañana que, como la fuerza de la adolescencia, es imprevisible y del que solo cabe tener una certeza: lo mejor siempre está por luchar.

Fernando J López

Autor y adaptador de La edad de la ira

Fotos La edad de la ira: David Ruano

La edad de la ira se representa en El Pavón Teatro Kamikaze los días 26 y 27 de junio con motivo del WorldPride Madrid 2017. Función doble + encuentro con el público para luchar contra la LGTBIfobia.

Una iniciativa de la Comunidad de Madrid, La Joven Compañía y El Pavón Teatro Kamikaze.