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Apuntes de Miguel del Arco sobre ‘Juicio a una zorra’

Apuntes de Miguel del Arco sobre ‘Juicio a una zorra’
19 enero, 2017 Luisa

Se cuenta que el filósofo Gorgias, especializado en retórica, acudía a los lugares públicos donde desarrollaba argumentos que apoyaran una tesis determinada para vencer a los defensores de la tesis contraria con el poder de su oratoria. Una vez derrotados, volvía a empezar, esta vez apoyando la tesis contraria, y esgrimía palabras hasta vencer a sus nuevos opositores. Tal vez, solo por realizar un nuevo alarde de su brillante retórica, eligió la controvertida figura de Helena de Troya para escribir su famoso Elogio de Helena.

Necesitaba un tema en el que casi toda la opinión pública estuviera de acuerdo:

Helena era culpable. Helena de Troya es, posiblemente, una de las mujeres más vilipendiadas de la historia. Lleva sobre sus hombros el peso de haber desencadenado la guerra más famosa de la antigüedad. Diez años estuvo sitiada la poderosa ciudad de Troya por los griegos. Un ejército, como nunca se había visto hasta entonces, se movilizó para forzar a los altivos troyanos a devolver a su legítimo dueño a la reina de Esparta, convertida en Helena de Troya desde que ella misma decidiera abandonar su reino, a su marido y a su hija y seguir a Paris, hijo de Príamo, rey de Troya. Pero como ella misma dice:

¿De verdad alguien en su sano juicio puede pensar que todo aquel despliegue era realmente por mí?

Helena es un personaje sobradamente conocido. Sabemos que fue prometida a Paris a cambio de que él declarara que Afrodita era la más hermosa de las tres diosas en litigio, nos han contado el irresistible furor que produjo que huyera con Paris, es mítica su belleza divina… Pero en todos los episodios aparece como un personaje secundario. Un personaje que desencadena acciones de las que nunca es protagonista.

Juicio-a-una-zorra-©-Sergio-Parra_6_teatro-kamikazeLos poetas de la antigüedad la utilizaron para ensalzar el valor o la virtud de los héroes enloquecidos bajo el influjo de su peligrosa belleza, o para contrastar la situación de las mujeres a las que la lujuria y avaricia de Helena convirtió en víctimas. Si alguna vez algún poeta le dio voz, fue para ampliar los motivos para maldecirla. Fue maldecida por griegos y troyanos convencidos de haber sido arrastrados por su culpa a una guerra interminable. Por griegas y troyanas por ser la causa de la muerte de sus maridos y sus hijos. Y a partir de entonces, maldecida por la historia como representación de la mujer interesada e infiel.

Shakespeare hace gritar a su Lucrecia, tras ser violada por Tarquino, cuando esta acude ante un cuadro de la guerra de Troya buscando a Hécuba para calmar su dolor:

Pobre instrumento mudo muéstrame a la ramera que provocó este escándalo, y que puedan mis uñas desgarrar su belleza. Es tu ardor lujurioso, oh, Paris, insensato quien volcó sobre Troya incendiada ese pesado fardo de furor. ¿Por qué el placer privado de un solo ser se vuelve fatalidad de tantos? ¡Que la falta recaiga sobre el único culpable! ¡Que las almas inocentes no atraigan el castigo que el criminal merece!

Ni siquiera el gran poeta del amor reconoce en Helena un leve atisbo de lo que siempre defendió por encima de todas las cosas. Helena es una ramera de una belleza que hace enloquecer y su “placer privado”, que no amor, es merecedor de un castigo criminal.

Helena se nos aparece desde “este limbo imperecedero en el que la coloca la imaginación de los hombres”. Un lugar al que ha sido condenada por la historia… por cómo ha sido contada la historia. Condenada también por ser la hija de Zeus, su única hija con una mortal, y por su insolente acercamiento a la belleza divina. Y así como Sísifo fuera condenado a subir eternamente una roca por la ladera de una montaña, Helena, lo fue al eterno deterioro: “una eternidad de fealdad para expiar sus culpas”. Pero ella se revuelve contra dios. Y se somete al juicio de los hombres con el único objetivo de “dejar de ser”.

Un juicio en el que sabe que ha sido condenada de antemano. Pero la acumulación de dolor… y la cantidad de tiempo libre que deja la eternidad… la llevan a abordar su propio proceso. Pero esta vez quiere contar la historia con sus propias palabras.

Dice Gorgias al principio de su Elogio: La palabra es un poderoso soberano, que con un pequeñísimo y muy invisible cuerpo realiza empresas absolutamente divinas. En efecto, puede eliminar el temor, suprimir la tristeza, infundir alegría, aumentar la compasión. Insuflar en los oyentes un estremecimiento preñado de temor, una compasión llena de lágrimas y una añoranza cercana al dolor, de forma que el alma experimenta mediante la palabra una pasión propia con motivo de la felicidad y la adversidad en asuntos y personas ajenas. Esta vez será Helena quien elija las palabras que den forma a los hechos. Helena reivindica la necesidad de revisar quién escribe la historia. La suya, es la historia de una mujer enamorada que tomó una sola decisión en su vida: la de seguir al hombre que amaba.

La idea de este espectáculo surgió tras escuchar, noche tras noche, a la Lucrecia de Nuria Espert llamar ramera a Helena. Siempre la imaginaba sobre las altas murallas de Troya, sola entre la multitud, viendo cómo los hombres morían, supuestamente por su causa, sin poder hacer o decir nada al respecto. La imagen de dolor se multiplicó cuando revisando La odisea leí el episodio en el que Telémaco, hijo de Ulises, llega a Esparta buscando a su padre que aún no había regresado a casa tras el final de la guerra de Troya. Helena, a quien Menelao había arrastrado de nuevo a Esparta, viendo el dolor del muchacho ante la falta de noticias sobre el paradero de su padre, le ofrece una droga que, mezclada con el vino, disipa el dolor y aplaca la cólera. Aquel que la bebe no derrama lágrimas durante un día completo. ¿Con qué dolor convive Helena para necesitar tener a mano esta suerte de Prozac clásico?

Se presenta ante nosotros, aquí y ahora, una Helena trasnochada, lenguaraz, borracha como una cuba por la necesidad de beber permanentemente la droga mezclada con el vino que ofreciera a Telémaco para aplacar su dolor. Una Helena sin miedo. Con ese valor que da el estar de vuelta de casi todo y no tener nada que perder. Una Helena convertida en una “ruina del tiempo”. Una Helena que desafía a los hombres y desafía a Dios. Una Helena que reclama el olvido.

Las fuentes han sido muchas: La Ilíada, La odisea, Las Troyanas, Helena de Eurípides… pero una vez asumidas dejé que la voz de Helena se hiciera fuerte con Carmen Machi en mi imaginación. La Machi es capaz de todo. Tiene todos los registros conocidos e incluso algunos de su única y exclusiva propiedad. Su registro cómico lo ha hecho sobradamente conocido la televisión pero, tal vez, no todos conozcan su registro trágico, ese capaz de hacer volar las palabras para hacer que el alma experimente una pasión propia con motivo de la felicidad y la adversidad en asuntos y personas ajenas.

 Miguel del Arco

Autor y director de Juicio a una zorra

La obra Juicio a una zorra puede verse hasta el 29 de enero en El Pavón Teatro Kamikaze.

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